''Durante años, mis pérdidas me controlaban a mí, no al revés.
Llevaba ropa oscura por si acaso. Me sentaba cerca del baño. Y cada vez que tosía o me reía con mis nietos, se me cerraba el estómago del miedo.
Lo peor no era ni siquiera la humedad. Era el miedo a oler. A que alguien lo notara antes que yo.
Lo probé todo. Compresas, salvaslips, pañales. Lo que se te ocurra, lo usé. Y sí, ayudaban un poco. Pero todos hacían bulto, rozaban, y me hacían sentir mayor y rara.
Hasta que entendí algo que me cambió la cabeza: no me fallaba mi cuerpo. Me fallaba lo que estaba usando. Pedirle a una compresa que resuelva esto es como tapar una gotera con una servilleta. No es que tú seas un desastre. Es que la servilleta nunca se hizo para ese trabajo.
Por eso probé la ropa interior antifugas. Y de todo lo que intenté, fue lo mejor con diferencia.
Me las pongo por la mañana, hago mi vida como si nunca hubiera tenido una pérdida, y por la noche me pongo un par limpio para dormir.
Se ven y se sienten igual que mi ropa interior de siempre. Y aunque tenga un escape, no me quedo sentada en un desastre incómodo, porque absorben al instante y no huelen.
Lo único que lamento es no haberlas encontrado antes.''